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¡El tacto, lo cura!

¡El tacto, lo cura!

Por Samuel Arango M.

Al principio era el tacto.

Cuando empezamos a existir, en el seno cálido de nuestra madre, se comenzaron a gestar unos maravillosos canales de comunicación con el mundo exterior. Nuestra piel, primer medio de comunicación,  sintió un ambiente líquido, calido, suave, afectuoso, tranquilizador, plácido. De vez en cuando la posición de nuestra madre nos incomodaba, la presión sobre nuestra piel nos molestaba y pedíamos mediante el pataleo o la acomodación un cambio de posición. Casi que diferenciamos, a partir del tacto, lo cómodo de lo incómodo, lo agradable de lo desagradable. Habíamos iniciado procesos elementales de comunicación, a un nivel muy primario e instintivo, con el ambiente que nos rodeaba. Desarrollamos, sin saberlo, el primer nivel de la estética: lo agradable.

A aquel ambiente tan placentero se le añadieron poco a poco  las primeras sensaciones de los otros sentidos como el oído, al punto que llegamos a diferenciar las voces más frecuentes y cercanas como la de la madre y la del padre. De igual manera, el olor del líquido amniótico, influenciado por los estados de ánimo de la madre y la adrenalina, empezó a penetrar nuestra fosas nasales en formación. El sabor lo sentimos en los labios y la boca y hasta empezamos a chupar dedo en un gesto natural de succión temprana acompañada de sabor. El medio ambiente que nos rodeaba se hizo familiar y acogedor. Los latidos del corazón de la madre y los propios ya fueron detectados y se relacionaron con estados de tranquilidad y de intranquilidad, según fueran las circunstancias de la mamá. Casi a los nueve meses sufrimos los primeros síntomas de disconfort y estiramos las piernas y los brazos para abrirnos campo en un espacio que ya sentíamos estrecho. La mamá entendía nuestro mensaje y se acomodaba mejor para que no sufriéramos.

El gran trauma

Pero llegó el día del nacimiento y ese día al cambio fue total, dramático y traumático. Todos nuestros sentidos sintieron un verdadero golpe. El calorcito permanente y plácido se cambió por una temperatura seca y desequilibrada, o muy caliente o muy fría. Los ojos recibieron un puñetazo de luz y la pupila se cerró con brusquedad y dolor. La piel se encogió para protegerse. Extraños olores, nunca percibidos antes, entraron a borbotones por la nariz creando un verdadero desconcierto. El sabor dulzón del líquido amniótico se tornó salado y la cara tuvo que hacer una mueca de espanto.

Nacimos a un mundo extraño y a una cultura aún más extraña. La separación de la madre se hizo casi total desde un principio, ya no estábamos juntos. Su calor y su ternura que eran percibidas a través de la piel se perdieron completamente. Ahora la superficie del bebé la tocaban sensaciones extrañas, no cómodas y desapacibles. Uno de los factores de seguridad y de agradabilidad se había perdido. A partir de ahí, y por razones más que todos culturales, la piel de la madre y del niño empezarían a comunicarse muy poco. Este lenguaje, el primero, empezó, desde el día del nacimiento, prácticamente a atrofiarse. Desde ese momento, NO TOQUE o no lo toquen empezó a mandar el mundo de la comunicación con el exterior.

La lucha por tocar

La naturaleza rebelde buscó, de todas maneras, defenderse. Como bebés seguimos asiendo y tocando todo lo que se nos atravesaba. Era nuestro contacto con el mundo exterior al que habíamos aprendido a conocer a través del tacto. Pero las pautas culturales nos fueron alejando del tacto. Las caricias que en el seno materno eran permanentes, se fueron espaciando hasta que cuando adultos se convirtieron en pecado. Las palmadas para que no tocara desplazaron los contactos de piel.

Pero la necesidad no desaparece. En todas partes, la sociedad tiene que colocar avisos de NO TOCAR. De no conocer mejor las cosas, de no comunicarse mejor.

Solamente cuando el amor irrumpe en nuestra vida, con la fuerza de la adolescencia, el tacto retoma un poco su importancia. Aquellos primeros roces con el ser que nos atrae son eléctricos, sensacionales. La primera cogida de mano, las primeras caricias y luego las horas eternas tomados de las manos o piel contra piel. Un lenguaje nuevo empieza a desarrollarse entre los seres que se aman a través del tacto amoroso. Mensajes que no pueden ser codificados en palabras. Sensaciones no sólo físicas sino espirituales.

Todos experientamos los mensajes a través del tacto. Incluso, no podemos negar la existencia de una burbuja exterior que nos proteje, nos aleja, nos separa o nos distingue de los demás. Un tocada de una persona extraña, no aceptada o rechazada es incómoda, es violenta. El tacto parece llenarse de energía negativa que rechaza la otra energía que trata de violentarme al tocarme sin permiso.

Todos sabemos que cuando acompañamos a alguien que sufre una pena, lo mejor es simplemente estrecharle la mano con cariño, sin palabras que suenan falsas o convencionales. Es un mensaje que rebasa los tan  estrechos significados del lenguaje tradicional.

Quienes hemos tenido seres adorados muy enfermos o en el trance de la muerte, sabemos que con las caricias, con la mano estrechada, se dan mensajes de amor, de vida, de solidaridad, de acompañamiento, de belleza, casi de divinidad.

Con razón

Por eso, cuando en el mundo se experimenta con las mamás canguros y se remplaza el frío calor de la incubadora con el regazo tierno de una madre, lo que se está cambiando es vida, es comunicación, es recuperación rápida, es la placidez de una relación que ofrece seguridad, tranquilidad, paz, estabilidad.

Y si la experiencia con los bebés es exitosa, con los adultos no deja de ser también alentadora. Algunos llaman la experiencia como abrazoterapia. Es la utilización del tacto amoroso para superar las crisis. Cuando un hijo llora, sobran las palabras. Una cabeza acariciada, un abrazo estrecho, borra un mundo de incertidumbre. Hasta la muerte se calma cuando una mano amorosa ayuda al moribundo. El tacto es un medio de comunicación especial para intercambiar amor.